El perro: animal social


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Dentro del ámbito de estudio de la conducta animal, quizá uno de los aspectos más  complejos sea la conducta social, entendiendo ésta como el conjunto de relaciones  individuales dentro de una estructura grupal (intragrupal) así como la relación entre  individuos de distinto grupo (extragrupal e intergrupal).

 

 Clásicamente el estudio de la conducta social del perro se ha centrado en el modo de  organización de los miembros de un grupo en una estructura jerarquizada.

Sin  embargo, la conducta social va mucho mas allá de dicha jerarquía.  Las especies sociales, como es el caso del perro doméstico, tienen una estrategia de supervivencia y acceso a recursos fuertemente ligada a la pertenencia a un grupo social estable. El apellido “doméstico” del perro implica que parte de su grupo social va a estar conformado por personas. Veamos las implicaciones de este hecho.

Loba con lobeznos

Loba con sus lobeznos © Klaus Buchmann

Para que un grupo social sea estable se requieren unas condiciones:

– En primer lugar, debe existir un sistema normativo de convivencia constituido por reglas aprendidas en un momento dado, que regulan como debe comportarse un determinado miembro del grupo (comportamiento esperado o socialmente aceptable).

– En segundo lugar, debe existir un medio de transmisión de dichas normas de unos miembros a otros, es decir, un lenguaje conocido y compartido por todos. Este lenguaje a su vez debe ser aprendido en una etapa infantil de la vida.

– Por último debe haber un entorno estable al que poder adaptarse (no tiene sentido aprender “a vivir en la selva para luego acabar viviendo en una gran ciudad”). Solo en el seno de un grupo estable se puede llegar a establecer una estructura adecuadamente jerarquizada (no confundir un grupo jerárquico con un conjunto de individuos con relaciones competitivas entre si, como es el caso de manadas artificiales o grupos de individuos que no comparten recursos y espacios).

Iva y BillyEs importante recalcar que el aprendizaje tanto de las normas de  convivencia como de un lenguaje normalizado se produce en el perro en los  primeros meses de vida, fundamentalmente por imitación de los adultos del grupo  y por enseñanza activa de los padres. Una fuente importante de aprendizaje en  esta etapa es a través del juego social con los hermanos de camada.

 

No hemos de olvidar que nos referimos a un contexto social intragrupal. El  perro como animal territorial que es, también debe aprender las normas de  conducta extragrupales, aunque aquí vemos claramente la influencia del proceso de domesticación del perro, donde dicha conducta territorial se ve alterada por la influencia humana (nosotros decidimos con que animales se relaciona un determinado perro).

 

 

 Si analizamos, llegados a este punto, la incidencia de problemas de conducta en perros, podemos  concluir que hay factores que toman relevancia:

  • La capacidad de las personas para establecer un lenguaje comunicativo eficaz con el perro es limitada
  • Los procesos de aprendizaje social se ven alterados, debido a la separación precoz de los cachorros del resto de la camada
  • El sistema de normas que un perro debe cumplir en su convivencia con el humano habitualmente no está definido. La conducta esperada del perro está claramente humanizada. El perro debe comportarse tal y como las personas creen que debe comportarse.
  • Procesos tales como la impronta y el establecimiento de vínculos afectivos no se llevan a cabo 3adecuadamente, existiendo una alta incidencia de problemas relacionados con el modelo de apego de los perros.
  • Con frecuencia existe discrepancia entre el entorno donde un perro vive en su etapa infantil y aquel donde vive en su etapa adulta, poniendo a prueba la capacidad de adaptación del perro.

En definitiva, se extraen varias conclusiones prácticas relacionadas con los métodos de cría del perro doméstico, así como con las relaciones individuales que establecemos con dichos perros. Como parte del proceso educativo del cachorro debe ser fundamental que seamos capaces de compartir una comunicación eficaz (previsible) y unas normas de convivencia comprensibles por el perro (control de la incertidumbre).

 

 

 

Por último, es también tarea a realizar, el fomento del estudio  observacional de las normas sociales de convivencia propias del perro, de cara a  aumentar nuestra capacidad para relacionarnos adecuadamente sin que esto  suponga un menoscabo de la calidad de vida y la naturaleza de estos  maravillosos animales.

 

 

Por Alberto Macias

Veterinario y Etólogo Clínico

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